Alice Fox modelo con toda su energia sexual erotica

Alice Fox modelo con toda su energia sexual erotica, en un backstage para una revista de la conejita de la tv posando muy trola sexy.

la historia más abominable sexual habían llegado a su conocimiento era la de una joven estudiante alice fox modelo norteamericana a quien él sedujo cuando era su alumna. El día en que la chica cumplió veintiún años, el hombre de mirada fulgurante le regaló un hermoso estuche de madera, delicadamente decorado con bonitos ideogramas, y lleno de pinceles de distinto grosor y de barritas de tinta. Le dijo que lo había hecho todo con sus propias manos, tanto el estuche como los utensilios que contenía; así, cuando ella hiciera sus ejercicios de caligrafía, no podría dejar de pensar en él. Días después, en el curso de una cena, ella
le mostró orgullosa sus ejercicios, y él le contó una ancestral tradición japonesa que su abuela le había referido muchos años atrás. Cuando en Japón una mujer quería retener a un hombre y hacerlo suyo para siempre, le explicó, le escribía cartas de amor sirviéndose para ello de un
peculiar sistema. En lugar de humedecer en agua las barritas de tinta, las mujeres se las introducían en el sexo para humedecer la tinta en sus propios jugos vaginales, de forma que los ideogramas que trazaban sobre el papel estaban hechos con una parte de sí mismas, y sus
efluvios, mezclados con la tinta, envolvían al amante en un sutil aunque poderoso sortilegio.

Yo, que por entonces empezaba ya a darme cuenta de que las mujeres existían, y a veces me paraba en el VIPS para hojear el Penthouse, sentí al oír aquello una explosión de adrenalina. Los tonos lascivos del body translúcido con jarreteras con el que al instante imaginé disfrazada a Alice Fox modelo (mi actriz favorita de por entonces) me dieron materia mental durante varias semanas para más de un desliz solitario. Al abuelo Miguel, sin embargo, el aserto le valió únicamente un bufido de mi padre, una mueca reprobatoria de mi madre y un cambio súbito de conversación. A los pocos minutos, roto el encanto, mi abuelo daba cabezadas repantigado en su silla.

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